Con todo lo que he vivido este año, me he dado cuenta del gran apoyo que han supuesto para mí las herramientas con las que cuento. Por un lado, he necesitado encontrar respuestas al para qué de tanta incoherencia y de semejante cúmulo de despropósitos. Por otro, he necesitado consuelo y calma interior. He tenido días muy duros en los que, si no hubiera sido por
Reiki y por la paz que me genera, no sé qué habría sido de mí.
También he sentido una gran necesidad de ir aclarando qué estaba viviendo y qué sentido podía tener tanta sinrazón. En periodos así es natural buscar respuestas. Queremos entender qué está ocurriendo, cuánto durará y, sobre todo, cómo salir de ahí.
Muchas personas se acercan a la astrología en uno de esos momentos. No siempre llegan movidas por la curiosidad. A veces llegan porque el suelo conocido se ha movido tanto que necesitan encontrar alguna referencia. Es comprensible. Yo también he acudido a la astrología para orientarme cuando la vida se ha vuelto incierta. Con los años, sin embargo, he aprendido algo que considero esencial: la astrología no evita las crisis, no nos libra del dolor y tampoco puede vivir el proceso en nuestro lugar.
Lo que sí puede ofrecernos es una forma de mirar. Puede ayudarnos a reconocer el momento que atravesamos, a comprender qué parte de nuestra historia está siendo removida y a escuchar con mayor honestidad aquello que pide transformación. No hace desaparecer la noche, pero puede ayudarnos a caminar por ella con algo más de conciencia.
La crisis rompe una forma de entendernos
Solemos llamar crisis a una situación difícil, pero una crisis vital es algo más profundo. No solo altera nuestras circunstancias. También cuestiona la identidad que habíamos construido. Lo que era estable y encajaba ahora no. Las respuestas que antes servían pierden fuerza y todavía no tenemos otras nuevas.
Por eso una crisis puede resultar muy desconcertante. Una parte de nosotras quiere recuperar cuanto antes la vida anterior, mientras otra sabe que ya no puede volver exactamente al mismo lugar. Entre ambas aparece un territorio incómodo: lo viejo no termina de sostenernos y lo nuevo aún no tiene forma.
En ese territorio buscamos certezas. Queremos una fecha, una explicación cerrada o una señal que nos diga qué decisión tomar. Pero no todos los procesos pueden resolverse deprisa. Hay experiencias que primero necesitan ser sentidas, comprendidas e integradas. Forzar una respuesta puede convertirse en otra manera de huir del proceso.
Los ciclos astrológicos y el sentido del tiempo
La astrología observa también los ciclos. Los tránsitos, las progresiones y otros movimientos simbólicos permiten reconocer periodos en los que determinados temas adquieren más intensidad. Hay etapas de expansión y apertura, y otras que piden revisión, duelo, límites, responsabilidad o una profunda reorganización interior.
Esta forma cíclica de comprender la existencia también está presente en
los
"ciclos de la vida y sus septenios", donde profundizo en algunas de las etapas que vamos atravesando con el paso del tiempo.
Comprender un ciclo no significa saber con exactitud qué va a ocurrir. Tampoco significa atribuir cada acontecimiento a un planeta, como si nuestra vida estuviera manejada desde fuera. Para mí, el valor de los ciclos está en otra parte:
nos ayudan a comprender la cualidad del tiempo que estamos viviendo.
Hay momentos apropiados para iniciar y otros para limpiar, soltar. Hay etapas en las que la vida nos invita a ocupar más espacio y otras en las que nos obliga a soltar una identidad que ya no da para más. Cuando intentamos vivir todas las épocas de la misma manera, podemos interpretar una retirada necesaria como un fracaso o una pausa fecunda como una pérdida de tiempo. Reconocer el tono de una etapa no elimina lo que duele, pero puede reducir la sensación de caos.
Nos recuerda que la vida se mueve por ciclos y que una fase de desorientación no define toda nuestra historia.
También nos ayuda a preguntarnos qué tarea interior corresponde al momento, en vez de limitarnos a esperar que termine cuanto antes.
Comprender no siempre significa dejar de sufrir
Este es uno de los aprendizajes que más me ha costado integrar. Podemos comprender intelectualmente un tránsito, reconocer un patrón de nuestra carta y saber incluso qué aprendizaje parece estar en juego. Aun así, podemos sentir miedo, tristeza, rabia o una profunda resistencia.
La conciencia no funciona como una anestesia. Saber que atravesamos un proceso de transformación no vuelve agradable aquello que estamos perdiendo. Entender un duelo no evita llorarlo. Reconocer un patrón afectivo no hace que deje de activarse de inmediato. A veces la mente comprende mucho antes de que el cuerpo y la emoción puedan integrar lo vivido.
Durante años se ha extendido en ciertos espacios espirituales la idea de que, si comprendemos suficientemente una experiencia, deberíamos atravesarla con serenidad. Esa expectativa puede añadir culpa al dolor. Nos hace pensar que estamos viviendo mal el proceso o que nos falta evolución. Yo no lo veo así.
La conciencia también consiste en reconocer nuestra humanidad, nuestros límites y el tiempo real que necesita cada proceso.
La astrología puede aportar sentido, pero no debería utilizarse para justificar el sufrimiento ni para obligarnos a encontrar una enseñanza antes de tiempo. Hay momentos en los que la tarea no consiste en estar por encima de lo que sentimos sino permanecer, estar en presencia, atravesarlo.
El riesgo de buscar certezas donde solo hay símbolos
En una etapa vulnerable podemos aferrarnos a cualquier promesa que reduzca la incertidumbre. Por eso considero tan importante ejercer la astrología con responsabilidad. Una interpretación categórica puede aumentar el miedo, condicionar decisiones importantes o convertir un símbolo en una profecía.
Frases como «esta relación terminará», «vas a perder el trabajo» o «cuando pase este tránsito todo se solucionará» reducen la complejidad de la vida y colocan a la persona en una posición pasiva. También olvidan que ningún factor astrológico actúa de manera aislada y que la biografía, el contexto y la libertad personal importan.
Una astrología consciente no debería decidir por nadie. Puede señalar tensiones, necesidades y tiempos de especial sensibilidad. Puede ayudar a ampliar la mirada y a reconocer opciones que antes no veíamos. Pero necesita dejar espacio para la incertidumbre, para la singularidad de cada historia y para la capacidad de elección.
También necesita reconocer sus límites. La astrología no sustituye la atención médica, psicológica, jurídica o económica cuando son necesarias. Puede acompañar esos procesos y aportar una dimensión simbólica, pero no debe ocupar el lugar de otros profesionales ni hacer promesas que no puede sostener.
Atravesar una crisis con mayor presencia
Cuando miro mis propios procesos, y especialmente todo lo vivido durante este último año, no puedo decir que la astrología me haya evitado el dolor. Sí puedo decir que me ha ayudado a comprender mejor lo que estaba ocurriendo y a no interpretar cada derrumbe como un fracaso personal. Me ha permitido reconocer que detrás de ciertas situaciones había una forma de vida, de relacionarme o de entenderme que ya no podía seguir sosteniéndose de la misma manera.
Reiki me ha ofrecido algo diferente, pero igualmente necesario. Ha sido un lugar al que regresar cuando no encontraba respuestas, cuando la mente no podía ordenar nada más o cuando simplemente necesitaba parar. En algunos momentos no necesitaba seguir comprendiendo ni buscando el sentido de lo que estaba viviendo. Necesitaba calma, silencio y volver a sentirme dentro de mí. Ahí Reiki ha sido un apoyo enorme.
Con el tiempo he comprendido que una herramienta me ha ayudado a mirar y la otra a sostenerme.
La astrología me ha permitido poner palabras, reconocer ciclos y observar qué partes de mi historia estaban siendo removidas. Reiki me ha ayudado a permanecer, a respirar y a recuperar algo de paz cuando todo parecía demasiado revuelto. Ninguna de las dos ha vivido el proceso por mí ni ha hecho desaparecer el dolor, pero ambas me han acompañado mientras encontraba mi propia manera de atravesarlo.
También me han ayudado a recordar recursos internos que, en medio de la confusión, a veces no podía ver. En ocasiones ese recurso ha sido la paciencia. En otras, la capacidad de pedir ayuda, poner un límite, aceptar una pérdida o reconocer un deseo que llevaba demasiado tiempo relegado. La carta natal no introdujo esos recursos en mí y Reiki tampoco vino a resolver lo que yo tenía que afrontar. Me ayudaron a regresar a ellos y a no perderme completamente de mí misma.
Atravesar una crisis con conciencia no significa hacerlo sin miedo, sin rabia o sin tristeza. Significa intentar estar presentes en lo que ocurre sin entregarle toda nuestra autoridad al miedo. Significa escuchar las señales del cuerpo, observar los pensamientos que se repiten, permitir el duelo y dar los pasos que podamos, aunque todavía no tengamos una visión completa del camino.
La astrología puede acompañar este proceso cuando se convierte en una conversación honesta con una misma. Una conversación que no pregunta únicamente «cuándo acabará», sino también «qué está cambiando en mí», «qué necesito cuidar» y «qué forma de vida ya no puedo seguir manteniendo sin traicionarme». Reiki, por su parte, puede ofrecernos el silencio necesario para permanecer junto a esas preguntas sin exigirnos una respuesta inmediata.